viernes, 13 de septiembre de 2019

Recuerdo de Salta

Iba caminando perdido cerca de mi casa, la avenida se abría delante de mi y dejaba ver el sol entre los árboles; de frente y casi en silencio, los autos avanzaban cautelosos como si fuera domingo, pero era jueves.
Ese día conocí a Josefina. La conocí sin conocerla, que es la mejor manera de conocer a alguien. Conocer sin conocer me permitió inferir sus secretos más íntimos, inventarle cualidades ocultas y construir pequeñas historias que ella pasaría de contarle a quienes si la conocen. Supe que se llamaba Josefina, aunque bien podría llamarse Florencia, y miraba la calle desde un balcón en un cuarto piso.

Espiaba la vereda escondida entre unas macetas; sin prestar demasiada atención pero con la ligera concentración que se necesita para despertar, cuando sea necesario, el ojo minucioso que detecta los pequeños e indispensables detalles.

Josefina esperaba a alguien; esperaba ver a alguien pasar. Alguien que, seguramente, pasa todos los días a la misma hora por esa calle. Lo supe por su forma de vestir y porque no parecía estar preparada para bajar a abrir la puerta.

Fue entonces que, casi por deducción, conocí a Santiago, quien bien podría llamarse Ariel. Estaba pronto a pasar por debajo del balcón de Josefina camino a la parada del 44, como hacía todos los días.

Santiago y Josefina se conocen desde hace mucho tiempo; más del que Santiago lleva viviendo con Estefi y mucho más de los años de vida que tiene León, su primogénito. Se habían conocido en un bar de Flores cuando ninguno tenía más de dieciocho años y todavía no sabían que carajo hacer de sus vidas.

En la vida del Santiago de dieciocho años todavía no existía Andrea, ni había hecho ese viaje a Gessell donde ella lo dejó por rata. Tampoco Vicky había intentado presentarlo a sus padres como su novio formal una noche en que los dos se quedaron desvelados haciendo un trabajo práctico para la facultad. En ese momento en que Santiago conocíó a Josefina, le invitó una cerveza y se fueron juntos a vagabundear por plaza flores, Estefi todavía vivía en Hurlingham y trataba de digerir la idea de sus padres que querían mudarse a la Capital para estar más cerca de sus trabajos.

Cuando se sentaron en el banco de la plaza que da hacia la calle Yerbal Josefina no sabía que existía Marcos, mucho menos que iba a engañarla con una amiga de su hermana. Tampoco sabía que vendría Pablo, le endulzaría los oídos con palabras lindas y terminaría siendo un psicótico de manual que la perseguiría durante años. En la vida de Josefina no estaban ni Esteban ni Lucas ni el otro Pablo ni Alejandro ni Mariano ni Emmanuel; en ese momento, al igual que ahora, solo estaba Santiago.

A Jose no le gustaba guardar en su casa recuerdos de viajes ni fotos ni adornos ni souvenires. Cada regalo que algún amorio pasajero le hacia era desechado segundos después de la ruptura; como para no tentarse con un llamado inoportuno o alimentar esperanzas absurdas. Nunca pudo enamorarse, nunca pudo elegir a alguien. Lo único que permanecía eternamente postrado sobre un mueble de mimbre era un recuerdo que Santiago le había traído en su primer viaje con Estefi. "Recuerdo de Salta" dice; es un mate de cuero y siempre tiene al lado una foto de Él que Josefina esconde cada vez que alguien la visita.

Santiago pasaría por la vereda de su casa, miraría al balcón del cuarto piso y con una sonrisa cómplice la saludaría para dejarla tranquila. Hoy no era el día para subir a verla como hacía cada vez que tenía una mañana libre. Santiago se había despertado a horario, había saludado a Estefi, llevado a León al jardín de infantes y leído el diario en el celular mientras apuraba una taza de café negro. Tenía una mañana agitada y llena de reuniones y no podía perder tiempo.

Jose no sabía esto, porque nunca sabe que día Santiago va a subir al cuarto piso. Ella espera cada día verlo pasar y ruega que al llegar a la puerta del edificio saque de un bolsillo escondido de su mochila la llave de su casa. El portero lo conoce y por eso no hace ningún comentario. Cuando el milagro sucede Josefina tiene una mañana a color y no cargada con esas tonalidades sepia que la deprimen. Al fin de cuentas lo que Santiago tiene para ofrecerle solo es esa sonrisa cómplice y una franqueza cruda que le sale por los poros, un tendal de mentiras que ella ya no le obliga a soltar, alguna que otra licencia poética y un ego que no entra en la habitación. Jose, en cambio, le ofrece su preciosa intimidad y la tierna complicidad que entremezcla esa amistad cocida a fuego lento con un juego de seducción interminable. Se ofrece Ella, como tesoro y como premio. Se ofrece Ella y para Santiago eso es más de lo que nadie, ni siquiera Estefi, le haya ofrecido.

Les pasa por la cabeza y lo saben; cada vez que lloran, rien, se regalan una charla conmovedora o desatan a la fiera que duerme cautiva dentro de ellos están agrandando mutuamente una herida que lleva abierta casi una década en el lóbulo frontal de cada uno. Son solo ellos, en un mundo retorcidamente absurdo, intentando vencer las agujas del reloj y el via crucis de una vida de lógicas concecuencias.

Los días en que sube al cuarto piso son bastante parecidos, tienen adosada la magia de la rutina inevitable que reconforta y borra la inmundicia del departamento lúgubre y oscuro. Esos días desempolvan los rincones del dormitorio de Josefina y le dan nuevo brillo a sus opacas ventanas.

Toman mate en la cocina, comen unas tostadas de arroz y Él le cuenta lo dificil que se le está haciendo vivir con Estefi y León y tener que ocuparse de criar un niño tan pequeño. Al principio ella escuchaba ese derrotero de vivencias con alguna esperanza de que algún día le prometiera dejarlos y vivir para siempre en ese cuarto piso frente al Parque Chacabuco; con el tiempo fue perdiendo las esperanzas y con ellas las ganas de salir y conocer otra gente. Se metió de lleno en el espiral oscuro de la resignación y ahora que no sabe ni que quiere ni que tiene solo se consuela con esas mañanas en que hacen el amor pasionalmente, se besan, se abrazan y planean un viaje que nunca en la vida van a hacer.

- Estoy cansado de esta vida de mierda - dijo él la última vez

- Cansado de pasar por tu casa, mirar para arriba y saber que estás acá y que tengo ganas de subir para quedarme; vivir toda la vida con vos.- agregó

- Dejate de pelotudeces Santiago - le respondió ella entre risas

- El problema es que no puede ser acá ni ahora ni en este mundo ni en esta vida .- le dijo ignorandola

- Tendríamos que irnos de esta puta de ciudad de mierda a un pueblito de Salta, donde vivamos lejos de todos. Lejos de mi vida, lejos de la tuya. Laburando de cualquier gansada, tomando mate y leyendo a Cortazar. Tendríamos que mudarnos y vivir la vida que nos haría felices, la verdaderamente importante- finalizó

Ella miró de reojo el recuerdo de Salta que estaba sobre el mueble de mimbre y contuvo las lágrimas con un esfuerzo sobrehumano que Santiago no pudo detectar.

- ¿Vos no te movés de la ciudad ni que te maten y te vas a ir a vivir a Salta? - le recriminó burlonamente

-Bueno. Me acuerdo cuando fui con Estefi. Es un lugar precioso, lleno de paz.- le respondio

- Vos no te acordás ni que día naciste y me querés hacer creer que te acordas de un viaje que tuviste hace diez años. - dijo ella

-Me acuerdo de tu sonrisa, que es lo único que me importa ahora.- gambeteó con una poesía repugnante

- Por cosas como éstas te quiero y te odio tanto- le dijo ella y comenzó a limpiar el cenicero.

La respuesta fue un prolongado silencio. Él miró el reloj de la muñeca y se preparó para irse, la saludó con un beso en la mejilla y un abrazo lleno de ternura. En el teléfono tenía un mensaje de Estefi que le pedía que vaya por León que había levantado fiebre.

- Es Estefi - le dijo - León está enfermo y lo tengo que pasar a buscar; pobre gordo -

Ella resopló con ligera resignación e intentó dibujar una sonrisa.

-Andá boludo! - le dijo finalmente disculpándolo sin que Él se lo pidiera.

Santiago pasaría varios días sin subir al cuarto piso y Josefina seguiría escondiéndose entre las macetas, mirando el mate de cuero y recostándose en el sillón a meditar cuando, después de la misma sonrisa cómplice de todos los días, Él cruzaba hacia la otra calle. Apagaría el teléfono, daría varios partes de enferma en su trabajo y pasaría otro mes sin visitar a amigos ni familiares.

Por momentos se sentía bañada de tristeza, carente de imaginación y con la mochila de la resignación cargada sobre las espaldas. Esperaba el cansino paso del tiempo, tenía un deseo horrible de verlo morir a Santiago de una vez y recuperar diez años de tiempo perdido. Finalmente y después de meditar un rato veía el mate de cuero, tomaba la foto entre los dedos y se sentaba nuevamente entre las macetas, con la cara luminosa de esperanza y el pulso acelerado.

Hoy volví a pasar por esa calle cerca de mi casa y Josefina no estaba en el balcón. Me quede parado un buen rato esperando ver pasar a Santiago, mirar para arriba y hacer la típica sonrisa cómplice. 

Después de veinte minutos de espera supuse que estarían tomando mate en Salta y me puse contento por ellos.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Perdido en el barrio de Flores

El barrio de Flores tiene dos sub divisiones que generan una grieta profunda entre quienes nacimos ahi. Aquellos que nacimos de Rivadavia al sur, los del Bajo Flores, creemos que aquellos nacidos del otro lado de la vía deberían pertenecer a la Paternal. Su cultura se hermana más con la de ellos; deberían ser del bajo Paternal y dejarnos a nosotros el control moral de nuestra división administrativa.

Para ellos -supongo ya que no soy de allí- nosotros deberiamos formar parte del Alto Villa Soldati y así dejar de intentar pertenecer a la clase media porteña que no nos representa.
Nos tiroteamos mutuamente con falsas e incómodas ironías para hacernos notar que no pertenecemos.

- Yo vivo por Avellaneda y Boyaca - nos cuentan
- Ah, ¿y eso que es? ¿La Paternal o Villa Mitre? - les respondemos hábilmente

Creo que esta diferencia es la que provoca que la geografía conspire sin escrúpulos contra unos y otros. Los barrios hablan, tienen vida, nos realizan acciones, nos desafían y nos provocan. Es por esto que a mi el Alto Flores me vive atormentando; me engaña, me prepotea, me desorienta. Nunca logro acomodarme por ahi, ubicarme, guiarme. En un primer momento supuse que era parte de un impulso inconsciente por no querer aceptarlo como parte de mi vida; después entendí que es el propio barrio el que me detesta.

Hay días en que me encuentro paseando por Plaza Aranguren y al doblar por Avellaneda, ésta se convierte en Gaona y de frente me ensombrece el Policlínico Bancario; en otras oportunidades subo por Boyacá y cuando el semáforo de Neuquén se pone en verde me encuentro bajando por Nazca a la altura de Aranguren. Paseando por la Plaza de los Periodistas me aparecí en la Plaza del Ángel Gris sin entender bien cómo y el cruce de vías de Artigas siempre cambia de sentido cuando intento atravesarlo.

Mantuve hace poco una charla de cuarenta minutos acerca de un bar de la calle Seguí y Felipe Vallese que resultó estar sobre Bacacay casi en la esquina de Donato Álvarez. Estuve en ese bar toda la noche y al salir había cambiado de nombre y de dirección al igual que hace El Sol de Galicia que cada vez que lo necesito está emplazado en un rincón diferente del barrio.

En la guardia del Hospital Álvarez abundan las visitas de gente que está desorientada. Según me contaron algunos médicos, infinidad de personas ingresan creyendo estar en el Piñero y aluden que venían corriendo por Varela huyendo de la hinchada de San Lorenzo, otros cuantos preguntan que tan lejos queda el Durand, ya que les dan mala espina las enfermeras nacidas en el Alto Flores.

Incluso los oriundos de allí se desorientan; quizá el barrio no termine de reconocerlos o sospeche que en realidad son de Caballito. Hace poco conocí una persona del Alto Flores que no tenía muy en claro si vivía cerca del Patio de los Lecheros o Plaza Irlanda. A veces vive enfrente de la Plaza Aranguren; otras veces sobre la calle Andres Lamas a la altura de Franklin; incluso me pareció haber escuchado que lo hacía en cercanías de Carabobo y Rivadavia en un claro e infructuoso intento de querer pertenecer a este lado de la grieta.

A esta altura tengo la leve sospecha de que en esa zona abunda la gente pretenciosa y altanera. El barrio nos miente para pretender ser algo que no es y con esto no exagero para nada. No existe más que una sola plaza que cambia de lugar conforme nos vamos trasladando; la calle Mendez de Andes cruza dos veces la misma avenida; es bastante obvio que Donato y Boyacá no son arterias diferentes, y las chicas lindas que viven en ese sitio seguramente nacieron de este lado de la vía y se mudaron de muy jóvenes. Nosotros tenemos dos líneas de subte y no hacemos tanto alarde por eso.

Algo tenemos que reconocerles; eso si. La magia que nos invade cuando entramos al bar de la calle Seguí y salimos del de la calle Bacacay o esa maravillosa sensación que nos agarra cuando cruzando Plaza Irlanda en diagonal salimos a la esquina de Terrero y Avellaneda. Esas licencias creativas que nos regala el lugar valen lo suficiente como para seguir alimentando la grieta.


lunes, 26 de agosto de 2019

El día que me abandonaron

Hay un período de la vida que fluctúa entre la niñez y la adolescencia, difícil de definir, breve e inquietante. Hablo de esa edad en que ya no sos un niño pero todavía no llegas a ser adolescente, serán los 10 u 11 años, dependiendo del sujeto de estudio. Es una fase de la vida que dura poco, está plagada de contradicciones internas y externas y tiene un punto de partida claro y concreto.

Esta transición empieza el día en que tu vieja te deja solo en la fila del supermercado mientras va a buscar alguna cosa que se olvido de agarrar de las góndolas y finaliza el día en que ya podes quedarte solo en tu casa de noche mientras los adultos no están.

Ese día en que comencé a vivir la pre adolescencia guarda uno de los recuerdos más atemorizantes que me asaltan de noche. No tanto por la escena, diría que lo que me asalta es la sensación de pánico.

Todo pasa muy rápido, casi que no te deja tiempo de pensar. Estás haciendo la cola del supermercado tu madre te mira, duda, aún sos un niño, aún sos frágil e inocente, pero ya podes comunicarte con otros, ya podes pedir ayuda, ya sabes que decir para llegar a tu casa, no debería haber riesgo.

Y vos te quedas, quietito, inmóvil, paralizado por ese abrazo de confianza y sin tener una respuesta a mano. Sabés que ya sos grande, sabés que podes hacerlo, pero el miedo paraliza. No sabes si estás listo para esto pero si sabes que no podés negarte; no podes jugar el papel de cobarde cuando le repetiste más de una vez - Ya soy grande mama! - en alguna situación que lo ameritaba.

Mi madre se fue, dejando delante mío 6 changos repletos y tras de mi una fila interminable de personas indignadas por la larga espera. Dirigí mi vista al frente, totalmente seguro. - No va a pasar nada, puedo con esto.- me dije

Lo más grave que podría pasarme sería llegar adelante y no tener con que pagar todo lo que llevábamos. En ese hipotético caso, podría dejar pasar al changuito que tenía detrás y seguir esperando a que vuelva mi madre, que ya llevaba unos 30 segundos desaparecida.

- ¿Tan importante será eso que se olvidó de agarrar?- pensaba.

Estaba seguro que no era algo fundamental, bien podría haberlo dejado y volver otro día para comprarlo. Rápido y hábil revise nuestro changuito e hice un rápido checklist en mi cabeza.
Está el shampoo, está la pasta de dientes, hay unos cartones de leche, un pollo, algo de fruta, algunos productos de limpieza, papel higiénico.. ¿Que falta?... Reviso de nuevo. Unas gaseosas, yogurt, queso untable, manteca. ¡No falta nada carajo!

La fila avanza y empiezo a notar, para sumar algún problema más a la demora que a esta altura ya era de varios minutos, que si llego hacia adelante y tengo que dejar pasar a alguien no voy a tener donde meter nuestro changuito. En el diminuto espacio entre las cajas solo entra un carro. ¿Como a nadie se le ocurrió que esto podría llegar a pasar? ¿Como es que no diseñaron estos espacios para que uno pueda dejar las compras de costado y dejar pasar al que siga?. La situación me indigna muchisimo. ¡Se supone que estudiaron para esto! - pienso a mis tiernos 11 años y no tolero tanto desinterés; tanta desidia.

Vuelvo a ojear los productos. Estoy seguro de que no falta nada. ¿Que habrá ido a buscar? ¿Como puede hacerme esto? ¿No pensó por un segundo que la situación podría tornarse complicada? ¿Y que pasa si llego hasta adelante?

La fila vuelve a avanzar, ya entré en la linea de cajas, ya no hay retorno, ya no puedo salir de la cola y ponerme detrás ni de costado, mi suerte está totalmente echada.

Empiezo a planear formas de escaparme de la situación. ¿Que pasaría si avanzo y dejó el changuito delante de la caja? .. Miro bien el lugar para encontrar la respuesta. Justo delante de la caja debe haber sensores; para evitar que alguien se vaya y se lleve algo en el bolsillo, si llego a avanzar seguramente va a sonar una alarma, van a venir policías y muchos curiosos. Quizá me lleven a una habitación y me empiecen a hacer preguntas, quizá me incriminen de querer robarme todo un carro de compras y yo no voy a tener con que pagar ni que respuestas darle. ¿Y como va a saber mi mamá que estoy encerrado ahí con una luz gigante apuntándome a la cara y dos o tres tipos mirándome de manera amenazante? ¿Tendrán algún lugar destinado para esto? ¿Si no lo tienen, me llevan a la comisaria?

La situación ya se volvía exasperante. Mi mamá no venía. ¿Como le voy a explicar a los policías que me dejó solo en la caja sin plata para pagar todo esto? . Seguramente van a preguntarme que era eso tan importante que se había olvidado de agarrar y ahi tampoco voy a saber que decirles. Me van a llamar mentiroso; quizá hasta duden de que realmente haya venido con mi madre y crean que soy un huérfano o un raterito de las calles; ¿Como puedo convencerlos de que no es asi y evitarme terminar en un reformatorio de menores?

El tiempo seguía pasando y la cola seguía avanzando. Solo quedaba una persona delante mío.
-Por suerte se compró todo el super - pensaba - Va a tardar un rato largo en pasar todo por la máquina. Ojalá pague con tarjeta, eso siempre demora más las cosas-

Mientras miraba impaciente por sobre mi hombro encontré una nueva respuesta. Hay muchisima cantidad de cajas y muchisima cantidad de personas en cada una. ¿Habrá mirado mi vieja el número de caja? ¿Sabrá en cual estoy? ¿Y si no lo recuerda y está por ahi buscando algún niño con un chango repleto?¿Y que pasa si se olvidó que estaba conmigo, pasó por la caja rápida y ahora está de camino a casa? . No podía descartar ninguna de las posibilidades.

El señor de adelante sube los últimos productos, que para colmo vienen en un pack cerrado y se escanean todos juntos. Paga en efectivo - La puta que los parió - me lamento.

Llego adelante, la cajera me mira desconcertada, ella tiene tanto miedo como yo. Esta aterrada de pasar y empaquetar todas estas cosas. Sabe que no voy a poder pagarle y todo esto va a traer consecuencias. Alcanzo a mirar a la gente que está detrás mío, ellos también perciben que algo no anda bien. Todo el trámite con la policía que vendrá a detenerme va a demorar mucho tiempo y van a perderse la tarde oficiando de testigos. Algunos están a tiempo de cambiarse a otra caja, que aunque tiene una fila interminable no tiene un ladrón en potencia parado adelante de todo con una cara de miedo insoportable.

La cajera me sonríe. Está por levantar el teléfono rojo ese que tiene al lado del monitor. Va a llamar a alguien. Ya puedo imaginarme como sigue la película. Se viene el interrogatorio, las miradas, la situaciones confusas. Miro de nuevo hacia atrás. Mi mamá no esta, no aparece. Estoy en el punto crítico. Es el momento límite. La señora que tengo detrás ya está harta de esperar y quiere que todo esto termine; de ser posible que me tiren al piso, me esposen y me den un par de patadas por atrevido, por haberle hecho perder el tiempo. Por otro lado, si no hay quien pague, lo que estuvimos haciendo es algo parecido a colarse; y todos disfrutan cuando al colón lo sacan de la fila y lo retan. Lo vivo a diario en la cola del recreo cuando voy a comprarme un alfajor.

Miro nuevamente hacia adelante. Me miran y me sonríen de nuevo. ¿Vos no vivis por el cementerio de Flores? - me pregunta la chica. - ¿No vas al cole que esta en Carabobo y Avenida del trabajo?. El alma me vuelve al cuerpo. Respiro aliviado. ya desaparece el nudo en la garganta y las ganas de llorar a gritos que me venían. Tuve suerte. La cajera entendió todo, me dejó pasar con el carrito y dejarlo adelante. No sonó ninguna alarma; calculo que la desactivó con algún boton secreto que tiene al lado de la computadora.

Pasaron 4 personas y mi madre apareció con una crema de afeitar en la mano y cara de sorpresa. De camino a casa le recriminé todo. Si no fuera porque la cajera era conocida hoy estaría en una comisaría y ella lamentándose.





sábado, 22 de junio de 2019

Como componer una canción

Cuando tenía diecisiete años solo dos cosas pasaban por mi cabeza: la música y las minas. Tenia bastante claro que si triunfaba en una podía triunfar en la otra y no hace falta que les aclare cual es cual. Pasaba mucho tiempo escuchando discos en un viejo mini componente que tenían mis viejos en el living. Pasaba de León Gieco a Soda Stereo, Los Rodriguez y Joaquín Sabina. Repetía una y otra vez las mismas canciones mientras planeaba de que manera triunfar en la industria de la música.

Lo que más anhelaba era componer una de esas canciones que te erizan los pelos del brazo y hacen que las chicas suspiren. Tenía ese norte y batallaba inutilmente para alcanzarlo. Yo no quería cantar bien ni ser un guitarrista memorable, mi sueño era componer Petalo de Sal, Aves de Paso o Cerca de la Revolución y para lograrlo le dedicaba horas y horas a la guitarra, la birome y el papel. Era frustrante; después de todo un fin de semana exprimiendome la cabeza solo lograba una repugnante versión de un tema de otro autor. La escasez de recursos me obligaban a tomar una secuencia de acordes conocida e intentar una nueva letra y terminaba componiendo horripilantes versiones de El Salmón o Persiana Americana que me daba vergüenza compartir. Pasadas las horas lo único que había conseguido eran un montón de bollos de papel en el tacho de basura, un par de cuerdas desafinadas y la desazón de no haber estado a la altura de lo que mi ego pretendía.

Todo cambió una noche. LA noche. Recuerdo que me quede dormido vestido, con mi block de notas y una bic en los brazos. En el sueño estaba sentado en el banco del colegio, solo, con mi guitarra, un par de lapiceras y un montón de hojas a4 cuadriculadas.

El primero en entrar fue Fito, se acomodó a mi derecha y sacó un atado de cigarrillos del saco. Tenía la melena enmarañada y vestía desprolijo. Pude ver como le brillaban los ojos detrás de los lentes redonditos que acostumbra usar cuando por la puerta del salón entró, prolijamente vestido y con un bombín negro, Joaquín Sabina. Se sentó delante mío, apoyó el bombín sobre mi escritorio y me sonrió.

 - Que pasa Chaval! Que careto traes! Que estamos aquí para ayudarte, no te jode?

No terminé de salir de mi asombro cuando atravesó la puerta Cerati

- Traje un amigo, espero que no les moleste - nos dijo - y tras de el entro el Flaco Spinetta con unos lentes violetas y una sonrisa llena de paz.

- Que placer verlos! - dijo con voz aguda y serena dirijiendose a Fito y Sabina.

Mientras se acomodaban escuchamos un portazo y debajo de un sombrero tejano bastante particular aparecieron los rulos de Calamaro, que venía con unos lentes Ray Ban, un termo y un mate de cuero.

- Lo tuve que convencer - dijo señalando a León Gieco que venía detrás.

Se cebó un mate, se acomodó el ala del sombrero y me miró.

- Que paso, ah?, que estas naufragando en hojas en blanco - me dijo y saludó de lejos a Sabina que estaba prendiendo un cigarrillo.

- Bueno. Digo. Creo que estamos todos- dijo Fito mientras revoleaba las manos haciendo ademanes.

- Que iban a empezar sin mi?-

Esa voz crujiente e inconfundible es la de Charly, pensé. Me volteé a mirarlo y antes de que pudiera decir una palabra soltó un "Say no More", se sentó y cruzó las piernas.

- Cual es tu problema? - me preguntó Cerati mirándome a los ojos

Titubeé un segundo, tratando de ordenar los hechos en mi cabeza y buscando la respuesta más inteligente que pudiera darles.

- Es que no me sale nada- le dije- Yo quiero componer como ustedes y no me sale-

Charly dió un golpe en la mesa, sacó un aerosol del bolsillo de su saco, pintó un garabato en la pared y me miro con ojos desorbitados.

- Esto de jugar al pobrecito no sirve para una mierda - dijo - Empezá a tocar. Queremos ver que tenés-
Empecé a transpirar, estaba tenso, nervioso. Todos ellos mirándome, esperando algo de mi que yo no podía darles.

- Es que no tengo nada que mostrar- Les dije temeroso de que me devolvieran unos insultos.

Se miraron con desconcierto. León se empezó a reir y Sabina prendió otro cigarrillo.

- Asi es muy difícil. mmm. que podamos ayudarte .. eh.. Tenés que empezar con algo- me sugirió Calamaro.

- Empezá por la letra, calculo que es más fácil así- dijo Cerati.

- Ese es tu método- le respondió Fito - No hay que tener método, hay que ser más espontáneo. El talento sale de otro lugar. Primero empezá a tocar y a jugar y ahi vas a tener algo - me dijo mientras se acomodaba el pelo

- Chavales. Cada cual tiene su forma. Dejad que el crío empiece por donde le de la gana - les dijo Sabina.

- Vos porque sos medio desprolijo Joaquín- le dijo Spinetta - Mira pibe, lo importante es que encuentres tu forma y que escribas con el corazón -

- Mis cojones!- gritó Sabina

- Que escriba con la polla también, no te jode? -

Empezaron a discutir entre todos. Cada cual tenía su librito. Todos sabían por donde empezar una canción. Todos menos yo, que estaba perplejo y confundido. Intercambiaban experiencias y se chicaneaban unos a otros. Que "Tus letras no me dicen nada" o "Siempre usas rimas boludas" y "Cantás como una mina". La situación se volvía tensa y yo, que trataba de captar algo que pudiera servirme, movía la cabeza de un lado a otro como un espectador en un partido de tenis.

- Por ahí es mejor que nos vayamos, eh - dijo Calamaro - Otro día cuando tengas algo volvemos y nos lo mostras y listo -

- Empezá por una canción y traela, no importa que no te guste- me dijo León

-Eh tu ! Pero no la escribas en ningún sitio y no se la muestres a nadie - Agregó Sabina - Queremos ese privilegio -

Desperté más confundido de lo que me había acostado; pero feliz, ya que ahora, por fin, tenía una misión, un objetivo. Era claro. Necesitaba escribir una buena canción para mostrarles y ellos se encargarían del resto. Ellos le iban a dar el toque necesario para que sea una obra maestra. Voy a aprender, pensaba. Me van a decir cual es su secreto.

Estuve días y días intentando e intentando. Buscando secuencias de acordes y melodías vocales. A veces empezaba escribiendo un soneto o un par de versos y trataba de cantarlos; pero la tarea se volvió más difícil de lo que esperaba. Estaba muy presionado, tenía demasiadas distracciones y cada vez que sentía que estaba sobre la pista mis viejos me llamaban para que baje a comer o se hacía la hora de ir a la escuela. A veces, en el momento en que los engranajes empezaban a moverse, se hacía demasiado tarde para hacer ruido y mis viejos me gritaban para que me fuera a dormir y deje de hacer tanto quilombo.

Fue ahí cuando tuve la idea más maravillosa. Podía componer en mis sueños, donde no había límite de tiempo y el ruido no era un problema. Luego, al despertar, solo tenía que practicar una vez lo que había escrito y asunto resuelto. No fue hasta la tercera noche que conseguí componer mi primera canción. En mi sueño estuve 6 horas retocando letra, melodía y armonía. Corregía una y otra y otra vez. Iba buscando adjetivos, variaciones de acordes, graves y agudos, expresiones. Incluso trataba de robarles recursos a todos. Buscaba rimar algunas frases como Calamaro, usar metáforas como Sabina, tener frescura como Fito o Frasear como León.

Cuando desperté todavía tenía la sonrisa pintada de oreja a oreja. No solo había escrito mi primera canción si no que había logrado una obra maestra, tenia una de esas canciones que valen millones, una de esas que se vuelven un himno popular y se cantan en las canchas. Estaba realmente satisfecho. Había compuesto una canción maravillosa  No tuve tiempo de tocarla durante todo el día, así que solo la practique en un nuevo sueño. Era fantástica y cada vez que la tocaba sonaba mejor. El trabajo estaba hecho, incluso pensé en no mostrársela a ellos. Supuse, en un pequeño acto de arrogancia, que si la retocaban podrían arruinarla. Desafortunadamente la noche siguiente volví a soñar con el aula, los pupitres, la guitarra, la birome, el papel y los compositores. Todos me miraban en silencio. No volaba una mosca.

 - ¿Y pibe? - me dijo Spinetta

No pude sostenerle la mirada y opté por poner los ojos en un rincón del aula.

 - ¿Trajiste algo che?- agregó Fito

 - Si traje, pero no estoy seguro de querer mostrarla - les respondí

Hubo un murmullo generalizado. Algunos parecían molestos por la pérdida de tiempo; otros como Spinetta o Cerati buscaban animarme con dulces palabras de aliento.

- ¡Animate dale!. Tenemos ganas de escucharte - dijo Luis

 - Dale que estamos ansiosos- retrucó León.

 Agarré por fin la guitarra y empecé a cantar mi canción. Desde un principio logré cautivar su atención. Verso a verso que iba soltando generaba cambios en los rostros de todos. Al llegar el estribillo noté como algunos movían la cabeza con gesto de aprobación mientras otros no podían sacarse el gesto de asombro de la cara. Incluso antes de terminar la última estrofa pude ver una sonrisa clavada en la cara de Charly y como Fito le apretaba el hombro señalándole que era normal su emoción.

 -Bueno. Que... ¿que les pareció? - les pregunté, sabiendo de ante mano la respuesta.

Fito se sacudió el pelo y empezó a reír. Hizo unos ademanes con los brazos y soltó un aplauso mientras se reclinaba sobre el asiento. León y Charly me miraban perplejos. Cerati incluso comentó que tenía que grabar ese tema urgente, que tenía mucho potencial. Spinetta se secó unas lágrimas y comentó que mi canción lo había emocionado.

- Bueno. Ah. Creo que no tenemos nada que hacer nosotros.- dijo Calamaro

- Sin duda Andrés,. Creo que Él ya lo hizo todo - añadió Cerati entre risas

- Me parece que si te decimos algo va a ser perjudicial - agregó Fito.

- Para mi pibe, es una maravilla - dijo Spinetta mientras sonreía.

Uno a uno se fueron yendo del aula. Yo me quedé paralizado, porque esperaba algo más que elogios. Quería una sugerencia, una corrección, algo. Necesitaba que me aporten cosas significativas para poder nutrirme de ellos, para aprender y que no haya sido solo un acto de suerte, pero no fue así. Abandonaron el aula entre risas.

Cuando casi todos estaban afuera, Sabina se me sentó delante y me miro a los ojos; sacó un atado de cigarrillos y empezó a fumar. Una a una las voces de los otros se fueron apagando y cuando estuvo completamente seguro de que nadie podría oírlo me miro y dijo

- Tío, quiero que toques esa canción de vuelta para mi -

- ¿Otra vez? - le pregunté tembloroso.

- ¡Venga chaval!  Que no tengo tanto tiempo, coge la guitarra y vuelve a tocarla-

Le hice caso y toque mi canción de vuelta. Me pareció que sonó mejor incluso que la primera vez. Era mágica, tenía todo lo necesario para ser un éxito.

- Vale. Que es muy buena. Sabrás que yo hago canciones desde hace muchos años y no creo haber hecho una como esta - me dijo

El halago hizo que me ruborice. Sabina no lo sabía, pero de todos los músicos que había conocido ese día, el me parecía el mejor y mas completo componiendo canciones y sin duda era mi mayor fuente de inspiración. Me miro de nuevo a los ojos, se colocó el bombín y antes de irse lanzó una frase.

- Que pena me da. Porque la verdad es que, además, tienes bonita voz -

Cuando me desperté recordé todo el sueño. Podía recordar todo lo que había vivido, las conversaciones, los personajes, los movimientos, los sentimientos que había tenido. Todo menos mi canción. Hice un esfuerzo para traerla de vuelta pero fue inútil. Agarré la guitarra desesperado y traté de interpretarla pero no pude más que hacer otra de esas horribles versiones de canciones ya escritas. Se me había ido de la cabeza. No recordaba la melodía ni la letra ni nada. Ni siquiera pude retener el título. Entré en desesperación; había perdido lo más importante que iba a pasarme en la vida. Se me había ido de las manos. Estuve días enteros llorando a escondidas. Llorando de rabia, de impotencia. Como pude ser tan estúpido? Como no la pase al papel la noche después de componerla?. Durante varias noches trate de re escribirla en mis sueños pero tampoco me fue posible. No lograba hilvanar dos frases conmovedoras ni acertarle a unos acordes que me cautivaran. No me era posible volver a escribir esa canción ni ninguna otra que se le pareciera. Finalmente y después de destruir mi guitarra contra la pared caí en la cuenta de que nunca podría ser un compositor como todos aquellos que había visto.

Para calmar mis penas tomé todos mis ahorros y fui a una tienda de discos, necesitaba llenar el vacío con música. Empecé a revolver las estanterías y ver con nostalgia todas esas maravillosas grabaciones que me habían inspirado. Me encontré con que Sabina había sacado un disco nuevo, el primero desde que tuvo su problema de salud, y no dude en comprarlo. Llegué a mi casa, lo puse en el mini componente y me recosté en el sillón.

Entré en cólera al escucharlo. Estaba ahí, pude reconocerla, pude recordarla. En el track 3 iba mi canción, cantada por él y con algunas correcciones menores, pero era mi canción con su nombre en los créditos. ¡Que gallego hijo de puta!.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Francia 98

La semana pasada me encontré una serie de stickers pegados en una ventana de la habitación que tenía en bajo flores. Fue la casa donde viví gran parte de mi infancia y toda mi adolescencia. Los sticker eran figuritas del mundial 98 y algunas entradas a recitales de rock de mi banda.

Francia 98 debe haber sido el mundial que viví con mayor intensidad. No por el resultado deportivo, ni por cómo jugaba el equipo. Tampoco por los jugadores, entrenadores, etc. Lo importante de Francia 98, lo que la hace distinta a las demás copas del mundo, era yo. Ese mundial era especial para mí; para nadie más que para mí. Tenía el album de figuritas completo, había dado vuelta 30 veces el jueguito de PC relativo a esa copa, conocía las formaciones de todos los equipos, me maravillaban los escudos, las camisetas, las canchas. Yo viví Francia 98 como si hubiera estado ahi; como si durante todo el tiempo que duró esa copa me hubiera trasladado mentalmente al evento.

Cuando el burrito Ortega cabeceó al arquero holandés yo tenía 10 años de edad. Demasiado chico como para entender que el fútbol es sólo un deporte y demasiado grande como para no acordarme 20 años después de los detalles.

En ese momento, o más precisamente cuando Denis Bergkamp nos dejó afuera, yo sentí que me habían robado algo que me pertenecía. Inmediatamente volví a vivir en el bajo flores, a ir a la escuela primaria, a tomar la chocolatada mirando Dragon Ball Z. Sentí la tristeza que sienten los que no pueden cumplir un objetivo que anhelan con mucha fuerza. Yo me sentía dentro del mundial y súbitamente me habían sacado; me habían cortado las piernas como al Diego en el 94. Por eso pegué todas aquellas figuritas en la ventana, porque ya no me interesaba cambiarlas, ni coleccionarlas, ni mirar los jugadores, cuanto medían, donde jugaban, que edad tenían. No me interesaba ver los escudos y maravillarme.

Para mi esa había sido la última oportunidad de ver a a Argentina campeón del mundo. Hoy si me pongo a pensar no puedo entender como para alguien que apenas se tiene 10 años esa era la última oportunidad pero estoy seguro que fue el sentimiento que tuve.

-¿ Y ahora hay que esperar 4 años?- recuerdo haberle preguntado a mi papá. En ese momento, al igual que ahora, 4 putos años me parecían una eternidad. Un tiempo que jamás pasaría. Calculo que por esto sentí que nunca iba a poder ver a mi selección levantar una copa. Si en lugar de ser 4 fueran 12 o 100 era lo mismo. Era una ventana de tiempo inimaginable. -¿Donde voy a estar en 4 años? - pensaba.

La final de Brasil 2014 fue un golpazo para mi y creo que para toda mi generación, los nacidos después de Mexico 86. Ahí sentimos de verdad que nunca ibamos a vernos campeones; más aún cuando las últimas copas las ganaron todos equipos europeos, sin embargo la situación me pegaba como un fracaso deportivo, que es como debería haberme pegado, y entendí que durante los 4 años que faltaban para la próxima cita iban a pasar un montón de cosas mucho más importantes que el mundial.

Cuando empezó el mundial de Rusia no tenía muchas expectativas; estaba seguro que no terminaría como yo quería, y sin embargo, en el momento en que Marcos Rojo entra por el primer palo y hace ese gol agónico contra Nigeria, ahi en ese instante, pensé que podía ser, que se podía dar. El sentimiento se hizo más fuerte cuando Di Maria clavó la pelota en el ángulo del arquero francés. El final de la historia lo conocemos. A esperar otros 4 años. 4 putos años interminables para volvernos a desilusionar. El dolor no era el mismo. Siempre que nos quedamos afuera siento que aquella tarde, cuando Ayala pasa de largo y el holandés cachetea con sublime displiscencia la pelota, fue el trago deportivo más amargo que me pasó por la garganta. La ilusión era muy grande, no por ellos, no por los jugadores; por mí. Yo tenía la ilusión de ser campeón y ver al Cholo Simeone levantar la copa en París.

Eso generan los mundiales, ilusiones, y creo que por eso tengo tantos recuerdos de Francia 98; porque cuando le rompes la ilusión a un nene de 10 años la herida es mucho más profunda que cuando lo haces con un tipo de 30. A un nene de 10 le duelen más las cosas, le cuesta más reponerse de lo que le hizo mal, le son más intensas las alegrías. Miro a aquel pibe que tenía todos los muñequitos de cabeza gigante de los jugadores y quiero abrazarlo y decirle que no es tan grave. Pero si lo es. Para un chico todo es más grave y más intenso.Lo mismo pasa en la vida, el fútbol, como casi siempre, es el mejor de los ejemplos.

martes, 11 de diciembre de 2018

La noche que me secuestraron

Ese domingo en que sonó el teléfono de mi casa a las 3 AM es el primer recuerdo que tengo cercano a la muerte.Yo tenía 15 años y me acababan de secuestrar unos malnacidos que querían dinero a cambio de mi vida. Me tenían maniatado en alguna cueva de la ciudad, con los ojos vendados. Me maltrataban, me gritaban, me insultaban, me humillaban.

El que atendió fue mi viejo. En un estado semi consciente alcanzó a escuchar, entre gritos y amenazas, mi voz del otro lado del teléfono. -Papa, ayúdame. Me tienen secuestrado!- gritaba yo desaforado. Mi vida dependía en ese momento de la buena voluntad de ese par de hijos de puta que me apuntaban con un 38 recortado y de que mi viejo pudiera conseguir los 400.000 dólares que necesitaba para el rescate. En ese momento mi vida valía eso; 400 lucas verdes. Hoy no sé cuánto vale la verdad,  no pude sacar un número más actual, pero calculo que con las sucesivas devaluaciones el monto debe ser mucho menor.

- Conseguí la guita porque lo quemo- gritaban del otro lado del tubo. Mi vieja, al escuchar el inicio de lo que parecía ser una negociación, comenzó a alterarse y le arrebató el teléfono de las manos a mi papá, que quedó pensativo a un costado de la cama. -Déjame hablar con El- le dijo imperativamente al malviviente. -Pablito sos vos?- Me pregunto con angustia. -Si mami, tengo miedo, me están apuntando- le respondí entre llantos. - No se donde estoy!-

Para ese momento la situación de angustia se había generalizado en toda la casa, incluidos mis hermanos que al escuchar los gritos se despertaron, anoticiaron y comenzaron a llorar angustiosos. Tras unos segundos, mi hermano menor, que siempre fue algo menos impulsivo, trato de contener las lágrimas para calmar a mi madre y evitar que le diera algo. - Tranquila ma, lo van a soltar. Solo quieren plata- le dijo sereno.

El fantasma Axel Blumberg todavía rondaba las casas de las familias de clase media así que llamar a la policía era la última de las opciones. Creo que ni siquiera entro en consideración. -400 lucas verdes. Conseguilas. Te llamo en 20  minutos. Te estamos vigilando. Si llamas a la policia o haces alguna boludes no lo ves nunca más a Pablito-. Al cortar el teléfono comenzaron algunas llamadas telefónicas y  requisas en cajones. Nadie tenía mucho para aportar pero todos parecían dispuestos a dar algo por mi vida. Unos minutos después, tras llamar a tíos y amigos, solo habían juntado 100 mil pesos, las 3 notebooks que teníamos en casa, 4 relojes caros y un puñado de alajas heredadas de mi tía Emilia.

El teléfono volvió a sonar y nuevamente fue mi papa el que atendió. -Tengo esto - dijo y comenzó a enumerar lo que habían podido recolectar. Del otro lado se sucedieron una serie de insultos y amenazas. - No alcanza!. Lo voy a matar!- dijeron y atinaron a colgar. Mi viejo, desesperado, le ofreció lo único que tenía a mano que era el auto. - Agarrá el auto, trae lo que juntaste y 100 lucas más. Es la última oportunidad.- Antes de cortar me miró, me apoyó el caño del revolver en la frente y me dijo - No juntaron un carajo. Vas a terminar muerto en un descampado.- y le dió indicaciones de donde dejar todo lo recaudado a mi papá.

Eran las 6 de la mañana y mi viejo estaba en un remolino de angustias. Primero pasó por casa de mis tíos para levantar unos fajos de billetes - Si, todo bien. No te preocupes - le dijo mientras corría de vuelta al auto; un rato después fue para lo de mi abuelo, a quien no le contó nada para que no se angustie y se llevó los relojes y algunos pesitos que tenía ahorrados para irse de viaje. La última parada fue en el taller de un amigo mecánico quien lo esperaba con una cajita en la mano - No hace falta, tengo que ir solo- le respondió al retirarse. Manejó unos kilómetros hasta el punto indicado y dejó todo lo que había podido recolectar en una bolsa negra junto a un cesto de basura. Miró para todos lados pero no alcanzó a ver nada extraño. Nadie se asomaba, nadie se acercaba. A lo lejos pasaba un patrullero. Se subió al auto rápido, asustado; no quería levantar ninguna sospecha.

Volvió a toda velocidad por la avenida. Mi vieja estaba al teléfono y al verlo entrar se lo pasó - ¿Con quien fuiste?- le grito el malnacido. - Con nadie, fui solo.- respondió - Ya tenés la guita flaco. No le hagas nada. Dejalo ir! - agregó tembloroso pero firme.

-No alcanza. Voy a buscarla y te llamo. Necesito más. Mirá que lo hago cagar!- Mi vieja se quedó muda cuando les cortaron el teléfono. Todo fue desesperación. Revisaron mentalmente una lista de amigos a los que podían pedirle algo más. No había nada, nadie a quien recurrir. -Encima es Domingo y los bancos están cerrados - agregó mi hermano del medio y recibió un pronunciado silencio. La suerte ya estaba jugada y todos los esfuerzos habían sido estériles. Todos permanecieron callados y tras unos segundos estallaron en llantos. Mi vida se había perdido. Miraban los portarretratos, rezaban a todas las estampitas que encontraban por la casa. Finalmente mi viejo tomó coraje y agarró el teléfono para llamar a la policía. - ¿Que haces Oscar?- le dijo mi vieja. - Estos hijos de puta seguro son policias-. agregó. - ¿Y que carajo querés hacer?. Tenemos que llamar- Mis hermanos miraban la situación desconcertados.

A las 8.00, después de 40 minutos de discusión abrí la reja de mi casa sano y salvo. La situación que viví al atravesar la puerta es uno de los recuerdos más intensos que tengo.
Todos me abrazaron con los ojos llorosos, incluida mi vecina doña María, que estaba clavada en mi casa porque había escuchado la discusión entre mis padres. Todos estaban felices, a todos les había vuelto el alma al cuerpo. Me habían largado. Se habían dado cuenta que tenían todo lo que podíamos ofrecer. Era libre de nuevo. -Que alegría. Que alegría! - decían y se secaban los ojos con la manga de la remera. Todos respiraban aliviados, era sin dudas el desahogo más grande de sus vidas. Me besaban una y otra vez y me decían cosas lindas.

Tomé un café en silencio mientras me acariciaban la cabeza, asentí todas las veces que me preguntaron si estaba bien, que no habrán sido menos de 30. Oí a mi vieja decir que no me preguntaran demasiado, por el estado de shock, que no me hicieran recordar esas horas de mierda.

Un rato después fuimos a la comisaría a hacer la denuncia. La alegría que tenían todos era hermosa. Me miraban de arriba a abajo como un nene que revisa un juguete nuevo. No quise interrumpirla ni hacerles pasar un mal trago así que no les conté que había llegado tarde por acompañar a una chica a su casa después del boliche. No me pareció necesario.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Fue su culpa

Mi amigo Sebastian carga desde hace varios años con el mal del insomnio. Sucede que desde el trágico mes de Julio de 2014 tiene una pesadilla recurrente. En ella un rubio petisito oriundo de Baviera llamado Mario Gotze infla la red del estadio Maracaná ante el tibio achique de Sergio Romero y el lento y cansino cierre de Fernando Gago, quién vuelve al trotecito. El sueño es muy habitual y lo despierta de madrugada con el pulso acelerado y una angustia insoportable en el pecho. -Es la culpa- le cuenta a su mujer que al principio se despertaba sobresaltada por los sollozos desgarradores que bramaba. - Fue mi culpa- se lamenta. Sebastian, que sabe mucho de fútbol pero más sabe de la vida, jamás pudo superar ese punzante sentimiento. Él sabe que fue su culpa. Nosotros - sus amigos-  aunque tratamos de consolarlo, sabemos que es cierto. Con el tiempo y para evitarle sufrimientos elaboramos una batería de excusas que expliquen el resultado final. Tratamos de maquillar el inexplicable error que tuvo comentando el mano a mano que erró Rodrigo Palacio o el trote cansino de Fernando Gago. Pero por más que le recordemos el tiro desviado de Higuaín en el amanecer del cotejo o que abordemos a confusas justificaciones basadas en el proyecto deportivo aleman no podemos evitar que se nos note la mentira. Fue su culpa, todos lo sabemos.

Sucede que habíamos colaborado desde nuestro lugar a ese equipo para que alcance el objetivo. Habiamos hecho todo lo correcto durante esa copa del mundo. El mismo lugar, el volumen en el mismo nivel, la misma bebida, los mismos asientos, las mismas personas, el mismo canal partido tras partido. Los mismos comentarios iniciales, los mismos comentarios finales. El -Bueno, hasta acá llegamos- que se repetía después de cada partido definitorio . Incluso el partido contra Suiza, que no pudimos ver juntos, se definió cuando nos mandó a los dos un mensaje de WhatsApp pidiendo un mate; episodio que provocaba invariablemente un gol de nuestra selección. No nos sorprendió el remate junto al palo de Angelito DiMaria, la explosión del grito de gol vino con ese sentimiento que tienen los DTs cuando se convierte un gol en una jugada preparada.

Entre otros necesarios rituales y ceremonias que practicamos hubo uno que era determinante. Casi que echaba por tierra todos los demás. Era crucial no traer a la mesa ningún Mufa. No se los mencionaba, no se contaba ninguna historia de ellos. Cuando llegaron los penales contra Holanda casi que no sufrimos, dado que todos borramos sin leer un mensaje que un amigo con dotes de piedra envió al grupo en común. La clasificación a la final fue una bocanada de oxígeno. Sentimos que en ese penal que Maxi Rodriguez convirtió con suspenso iba engarzado a la pelota el texto eliminado y nos sentimos satisfechos por la tarea realizada.- Te lo dije- se escuchó. Si leíamos estábamos afuera. Esa tarde en que la copa se definía Sebastian cayó al encuentro acompañado. -Lo trajo- le dije a Pato mientras cerraba la puerta. La imagen nos entristeció a todos, incluido Sebastian. Tuve muchas ganas de llorar durante la previa. Se nos acababa de escapar la posibilidad de ganar el 3er mundial. Vimos los 90’ en silencio, lamentando los goles errados y las situaciones inentendibles del fútbol, pero con la desesperanza de quien se sabe perdido. Antes del alargue, nuestro anti cábala amigo fue al baño y entre Pato y yo interrogamos a Sebastian con una mirada fulminante. -Me llamó por teléfono boludo!- susurró -¿Que querías que le diga?- . -Que te hagas el gil- le respondí. - Que lo veías con tus viejos, que tenías un compromiso. Hubieses inventado algo-. Cuando Mario Gotze infló la red del Maracaná ninguno de los tres habituales de esas citas atinó a decir nada. Ni un insulto ni un gesto ni un grito de dolor. El cuarto integrante de la mesa se deshizo en gritos, elevo insultos a los jugadores, al destino, a Dios y su propia madre. Incluso comentó la naturaleza mufadora del estadio. Nosotros no. Nos quedamos mudos. Desde el momento que Él entró por la puerta sabíamos que la final estaba perdida.

La semana pasada, en unas vacaciones por Barcelona, aliado de un guiño caprichoso del destino mi amigo se topó con Messi a la salida de un restaurant de la rambla. - ¿Le pediste una foto?- le consultamos, sabiendo del cholulismo que siempre lo caracterizó. -No. Le pedi disculpas - nos confesó. - Le conté la situación y le dije que por mi culpa se había perdido de ganar la copa- . Desde hace una semana Sebastian duerme tranquilo, en paz, tras recibir el perdón divino del capitán de aquel equipo. Desde hace una semana Lionel entendió por que no tiene esa medalla en su vitrina personal y dejó de lamentarse por el tiro libre desviado en el último minuto.